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El petróleo equivocado, y el precio de una guerra que no tiene marcha atrás

Art Berman, geólogo petrolero con cinco décadas de experiencia, expone la incompatibilidad estructural entre lo que produce EE.UU. y lo que necesita la economía global, el calendario de reapertura que ningún funcionario está calculando, y lo que realmente dice ese contrato de futuros de 89 dólares cuando el crudo al contado cotiza a 140.

N° 26 2 jun 2026 Basado en una conversación con Art Berman · Daniel Davis Deep Dive
16 min de lectura 3020 palabras

Estados Unidos exporta unos cuatro millones de barriles de petróleo al día e importa seis millones y medio. Esa aritmética debería zanjar el debate sobre la independencia energética, pero no lo hace, porque las importaciones y las exportaciones no son la misma sustancia. El crudo ligero que produce el esquisto estadounidense es ideal para gasolina y materias primas petroquímicas; no sirve para diésel. Las refinerías que mueven la economía global funcionan con crudo mediano agrio del Golfo Pérsico y grados similares procedentes de Rusia. Art Berman, geólogo petrolero con cinco décadas de experiencia y una trayectoria de decir en público lo que el consenso prefiere callar, lo expresó con claridad en el programa Daniel Davis Deep Dive: Estados Unidos produce cerveza ligera y necesita whiskey puro, y ninguna retórica presidencial cambia la química de la roca.

↑ N° 21 · Michael Hudson argumentó que la guerra contra Irán era el desenlace lógico de una larga estrategia estadounidense, y que el daño financiero no podía contenerse. El relato de Berman sobre lo que ocurre realmente con las flotas de petroleros y los insumos de las refinerías es la capa operativa que el análisis de Hudson asumía sin detallar.
Part 01
§ 01

Por qué 'independencia energética' es un eslogan

EE.UU. es exportador neto de energía en términos contables agregados. En cualquier sentido operativamente relevante, es importador de petróleo, y la razón no es política sino geoquímica.

La afirmación del presidente Trump en la reunión de gabinete de que EE.UU. y Venezuela juntos poseen el 64% de las reservas mundiales de petróleo es, en palabras de Berman, “absurdamente falsa”. La afirmación de que EE.UU. tiene más petróleo que nadie es “palmariamente falsa”. No se trata de reparos partidistas. Las cifras reales de la Administración de Información Energética de EE.UU. sitúan las reservas probadas del país en unos 44.000 millones de barriles, cifra significativa pero una fracción de los 267.000 millones de Arabia Saudí o los 208.000 millones de Irán. Las reservas venezolanas, en gran parte bitumen extrapesado que requiere enormes inversiones de actualización, son grandes sobre el papel y en buena medida imposibles de producir a escala.

El argumento del exportador neto de energía es técnicamente defendible pero operativamente engañoso. Súmense todas las exportaciones estadounidenses de petróleo, gas, productos refinados, carbón y electricidad, conviértanse a una unidad común, réstense todas las importaciones, y el saldo es ligeramente positivo. Berman lo concede. Pero en materia de petróleo específicamente: EE.UU. exporta unos cuatro millones de barriles diarios e importa unos seis millones y medio, lo que arroja una posición importadora neta de unos 2,5 millones de barriles diarios de crudo y condensados. Una nación energéticamente independiente, señala Berman, no tendría motivo alguno para hacer eso.

El 10% que cita Berman como proporción del petróleo estadounidense procedente del Golfo Pérsico subestima la exposición sistémica. En una economía globalizada, EE.UU. depende del poder adquisitivo y la producción industrial de países mucho más expuestos que él mismo —Europa, Japón, Corea del Sur, India— para sostener la demanda de sus exportaciones, servir su deuda y mantener la función de reserva del dólar. Si esas economías entran en recesión severa porque el precio del diésel se ha triplicado, EE.UU. las acompaña.

Part 02
§ 02

El problema de calidad que no admite solución rápida

El petróleo no es petróleo. La incompatibilidad de grado entre lo que produce EE.UU. y lo que requiere la economía mundial dependiente del diésel es estructural, no temporal, y no tiene solución a corto plazo.

El crudo se clasifica según dos ejes: densidad (medida en gravedad API, donde los números más altos indican crudo más ligero) y contenido en azufre (dulce por debajo del 0,5% aproximadamente, agrio por encima). Los productos refinados más críticos para la economía global —diésel, combustible para aviación, queroseno— se obtienen preferentemente del crudo mediano agrio en el rango de 24 a 34 grados API. El crudo de esquisto estadounidense suele situarse por encima de los 40 grados API, demasiado ligero para producir diésel con eficiencia. Los crudos de África Occidental son igualmente ligeros. El bitumen de las arenas petrolíferas canadienses cae por debajo de los 10 grados API: tan pesado que apenas fluye a temperatura ambiente.

La analogía de Berman: el mundo quiere whiskey de 50 grados. Estados Unidos produce cerveza de baja graduación. El Golfo Pérsico —Arab Light saudí, Basra Medium iraquí, Iranian Heavy— produce el whiskey. También lo hace una parte sustancial del crudo ruso, razón por la cual las sanciones al petróleo ruso se han relajado silenciosamente desde que comenzó la guerra.

Berman

El mundo funciona con diésel. Todo el transporte, el envío marítimo, los trenes, los camiones: todos funcionan con diésel. Toda la minería, la extracción: funcionan con diésel. Toda la perforación petrolera funciona con diésel. El diésel es la hemoglobina de la economía global. Y el petróleo estadounidense no sirve demasiado para producir diésel.

La mezcla canadiense que compensa parcialmente esta deficiencia es real pero limitada. Las tres cuartas partes de las importaciones de crudo de EE.UU. provienen de Canadá, y el producto de las arenas petrolíferas canadienses, mezclado con crudo ligero estadounidense y procesado en una refinería compleja, produce una gama útil. Pero esto requiere coquizadoras, hidrocraqueadores y craquizadores catalíticos —lo de “compleja” en refinería compleja— que cuestan miles de millones construir y años obtener los permisos. EE.UU. no puede sustituir una interrupción del suministro del Golfo Pérsico en ningún plazo inferior a una década, y ni siquiera entonces de forma completa, porque sencillamente no existen reservas del grado adecuado.

Comparison
Flujos de petróleo: lo que pasaba por Ormuz, lo interrumpido, lo que produce EE.UU.
Golfo Pérsico (antes de la guerra)
~20 mb/d
Actualmente interrumpido
~14 mb/d
Producción de EE.UU. (todos los grados)
13,6 mb/d
Importaciones netas de crudo de EE.UU.
~2,5 mb/d
Perdido permanentemente (estimación Rabobank)
700.000 b/d
Source. ING Think, EIA STEO mayo 2026, Rabobank vía Berman
Part 03
§ 03

El reloj de reapertura que nadie en la administración está calculando

La afirmación de Kevin Hassett de que los precios del petróleo se desplomarán “como nunca antes” en cuanto se abra el estrecho parte de un supuesto: que la reapertura es casi instantánea. Berman recorre la secuencia real. No lo es.

Tomemos el escenario más optimista imaginable: un acuerdo negociado con vigencia desde el 1 de junio en el que Irán retira todos sus activos de interferencia de las inmediaciones del estrecho. Lo que sigue no es un desplome del precio del petróleo. Lo que sigue es una cadena de retrasos interdependientes que, sumados, retrasan la llegada del primer petróleo a los puertos de destino hasta finales de septiembre como mínimo.

La secuencia que detalla Berman: las compañías aseguradoras no emitirán pólizas de casco y carga hasta que los peritos certifiquen que el estrecho está libre de minas. Se observó a embarcaciones iraníes colocando minas el fin de semana pasado. El barrido de minas en una vía marítima internacional importante lleva semanas o meses, no días. Una vez certificada la limpieza física, las aseguradoras deben reunirse, evaluar y emitir nuevas pólizas, probablemente a múltiplos de las primas anteriores a la guerra. Calculemos cuatro a seis semanas tras la limpieza física.

Mientras tanto, los petroleros no están esperando en la entrada del estrecho listos para cargar. Se estima que hay entre varios cientos y casi mil petroleros dentro del Golfo Pérsico, muchos anclados desde hace meses. Reposicionar esa flota en colas ordenadas de carga lleva de tres a cuatro semanas. El último buque en llegar a una terminal del Golfo Pérsico antes de que la guerra cerrara el estrecho llegó el 29 de abril. Desde entonces no ha cargado nada.

Berman

Si eres un operador inteligente, vas a pensártelo dos veces, tres veces. No sé si voy a volver ahí. Si un contratista te la juega, ¿vas a volver a comprarle? Yo no.

Luego está la propia producción. Unos doce millones de barriles diarios de producción del Golfo están actualmente cerrados en Arabia Saudí, Irak, los Emiratos Árabes Unidos y Qatar. Las terminales de carga han sufrido daños por misiles. Reiniciar un sistema complejo de producción petrolera tras meses de parada no es como pulsar un interruptor. La estimación actual de Rabobank, que Berman describe como conservadora, es que 700.000 barriles diarios de capacidad productiva del Golfo han sido destruidos permanentemente, daño en el yacimiento que no vale la pena reparar.

La instalación principal de gas natural licuado de Catar ha anunciado un calendario de reparaciones de tres a cinco años. La confianza en los Emiratos Árabes Unidos y Catar como centros financieros y comerciales estables —construida deliberadamente durante décadas— ha quedado destrozada.

Sumados los tiempos de tránsito de los petroleros cargados hasta sus mercados de destino —de cuatro a doce semanas según el destino—, el resultado bajo los supuestos más optimistas es que ningún suministro nuevo relevante llega a Europa o EE.UU. antes de finales de septiembre. Kepler, la firma de análisis de transporte marítimo, proyecta que incluso bajo hipótesis favorables, el volumen de paso del Golfo Pérsico alcanza solo el 45% de los niveles anteriores a la guerra en el plazo de un año.

Part 04
§ 04

Lo que el precio de futuros realmente significa

El contrato de futuros de julio a 89 dólares y el precio al contado de 140 dólares no son contradictorios: miden cosas distintas. Entender la brecha es la clave para comprender por qué las tranquilizaciones oficiales son estructuralmente engañosas.

Cuando los presentadores de noticias citan el precio del petróleo, citan el contrato de futuros del mes más próximo: la mejor estimación actual del mercado sobre lo que costará un barril en una fecha futura determinada de entrega. En el momento de esta conversación, el contrato WTI de julio cotizaba en torno a los 89 dólares. El precio al contado —lo que cuesta un barril para entrega inmediata hoy— era aproximadamente 140 dólares. Berman señala esta brecha no como evidencia de que el precio de futuros sea erróneo, sino de que la mayoría de la gente malinterpreta lo que está mirando.

El precio de futuros codifica el consenso ponderado por riesgo de todo el dinero actualmente en el mercado. Ese consenso está actualmente moldeado por lo que Berman llama el dinero tonto y el dinero inteligente, una distinción tosca pero útil. El dinero tonto, en este esquema, es el capital que cree el relato público de la administración Trump: el estrecho reabrirá pronto, los precios se desplomarán, todo se resuelve. El dinero inteligente discrepa, pero no necesita tener razón por mucho: solo necesita superar la puja baja. Si una contraparte dice 80 dólares, la contraparte inteligente dice 90, no 150. El dinero inteligente gana la apuesta sin comprometerse con la visión fundamental completa.

El petróleo no va a volver nunca a los 80 dólares. Puede que llegue a 80 un día o una semana. Pero me sorprendería que el precio medio mensual volviera alguna vez a los 70 u 80 dólares, pase lo que pase con el estrecho de Ormuz.

— Art Berman

Esta dinámica explica la volatilidad observada. Cada noticia —un rumor de alto el fuego, una declaración de Trump, una ronda de negociaciones fallida— desplaza dinero entre los campos de precio bajo y precio alto, empujando la curva de futuros hacia arriba y hacia abajo. El dinero tonto no es irracional dado su conjunto de información; simplemente se equivoca sobre los fundamentos. Con el tiempo, a medida que el déficit físico de suministro se materialice en los precios del diésel en la bomba y los costes del transporte de mercancías, el dinero del lado bajo pierde sus apuestas y abandona el mercado. El precio de futuros converge hacia la realidad física.

El calendario que maneja Berman para esa convergencia: finales de junio a mediados de julio. Para entonces, las reservas se habrán agotado suficientemente como para que la escasez ya no sea una previsión, sino un hecho en la gasolinera y la terminal de carga.

Las perspectivas a corto plazo de la EIA de mayo de 2026, publicadas en el momento de redactar estas líneas, proyectan que el Brent promediará en torno a los 106 dólares por barril en mayo y junio, cayendo a 89 dólares en el cuarto trimestre a medida que la producción de Oriente Medio se recupere parcialmente. ING revisó al alza su escenario base hasta los 104 dólares para el segundo trimestre, con un suelo por encima de los 100 dólares en escenarios de perturbación persistente. Goldman Sachs describe los riesgos del cuarto trimestre como “bidireccionales”, reconociendo tanto un suelo por destrucción de la demanda como un techo por perturbación de la oferta. Ninguna de estas instituciones dice que lleguen los 80 dólares. La distancia entre el discurso oficial de la administración y el consenso de los analistas energéticos acreditados no tiene precedente reciente.

Part 05
§ 05

150, 180 dólares, y el suelo que no vuelve

El modelo de precios de Berman tiene un pico, un techo por destrucción de la demanda y un nuevo suelo permanente sustancialmente por encima de cualquier nivel visto en la era anterior a la guerra. Los escenarios difieren en gravedad. La dirección no.

En el escenario base de Berman —las negociaciones tienen éxito, el estrecho comienza a reabrirse en las próximas semanas, la larga secuencia de recuperación física avanza— los precios al contado alcanzan entre 150 y 180 dólares antes de que se active la destrucción de la demanda. La destrucción de la demanda es el mecanismo autocorrector del mercado: los precios suben lo suficiente como para que consumidores y empresas recorten el consumo, lo que reduce la demanda, lo que eventualmente arrastra el precio hacia abajo. No es un retorno a la normalidad; es un nuevo equilibrio a un nivel estructuralmente más elevado.

En el modelo de Berman, ese suelo post-destrucción es de 105 dólares en el escenario más probable. En el caso adverso, el mundo no vuelve a ver los 130 dólares. El precio medio a largo plazo del WTI o del Brent se estabiliza indefinidamente en el rango de 115 a 120 dólares, no como resultado de ninguna decisión política, sino porque la infraestructura física y la prima de riesgo del Golfo Pérsico han sido repreciadas de forma permanente.

Si los bloqueos paralelos persisten hasta finales de junio —si el estrecho permanece efectivamente cerrado hasta mediados del verano— Berman ve 200 dólares por barril antes de la destrucción de la demanda, con un suelo post-destrucción en torno a los 140 dólares. Los mismos mecanismos se aplican a un nivel superior.

La analogía de la hemorragia que utiliza es contundente pero precisa: la economía mundial ha perdido el 20% de su suministro de sangre de la noche a la mañana. Un torniquete frena el sangrado —el aumento de la producción estadounidense, el agotamiento de las reservas, cierto reencaminamiento por oleoductos— pero no reemplaza lo perdido. El paciente puede sobrevivir. No quedará entero. La idea de que la economía regrese a su estado anterior a la guerra, como Hassett insinuó y Trump ha sugerido repetidamente, es, en palabras de Berman, un disparate.

No está solo en esta valoración. Entre los nombres que cita como sosteniendo posiciones materialmente similares: Jeff Curry (ex jefe de investigación de materias primas de Goldman Sachs), Eric Nuttall (Ninepoint Partners), Anas Alhajji, Rory Johnston. Entre los analistas financieros que llegan a la misma conclusión desde fuera del sector energético: Tavi Costa, Bianco Research, HFI Research, Mohamed El-Erian. Christine Lagarde y Jamie Dimon lo han dicho en versiones públicas. El consenso entre los analistas acreditados no es que Berman sea un caso aislado. El consenso es que el discurso público de la administración no es creíble.

Las preguntas abiertas no son si la perturbación será grave sino cuándo esa gravedad se vuelva innegable para el consumidor medio estadounidense, y si el sistema político es capaz de procesar una historia de este calibre. La respuesta de Berman a la primera pregunta es julio. La segunda la deja abierta.

Lo que no está abierto, según su relato: EE.UU. no es energéticamente independiente en ningún sentido operativamente relevante. El estrecho no va a reabrirse según el calendario de ningún político. El mercado de futuros no dice lo que costará el petróleo: dice lo que implica la apuesta ponderada por riesgo de todos los participantes actuales del mercado, en condiciones de incertidumbre sin precedentes. Y el suelo bajo los precios del petróleo, pase lo que pase a partir de aquí, no son 80 dólares.

Vale la pena retener la observación de Berman sobre el análogo histórico: no existe ninguno. Cincuenta años en el sector, y no tiene ningún evento comparable con el que modelar. Eso no significa que sus conclusiones sean erróneas; significa que los márgenes de error son mayores de lo que cualquier modelo admite, y que el optimismo oficial es casi con toda seguridad la cola, no el centro, de la distribución.