La Quinta Flota de Estados Unidos tiene su casa en Baréin. La flota misma, cuenta Zulfiqar a su entrevistador, está «ahora mismo en Islamabad», y sus oficiales mantienen conversaciones sobre la incorporación de Baréin a un acuerdo de defensa saudí-pakistaní, un pacto que también ha invitado a Irán. Tómese eso al valor que él le da y resulta extraordinario: el anfitrión del poder naval estadounidense en el Golfo negociando su entrada en un marco que corteja a Teherán. Zulfiqar se lo toma al valor que le da, y no se detiene ahí. En su relato, el pacto, el uranio de Irán y las propias sanciones de Washington son una sola historia, y la historia termina con el petrodólar. Algunas de sus cifras sobreviven al contacto con las fuentes públicas. La más espectacular, no. Lo que cuesta más descartar es la forma de la historia misma: una región que, según él, se reordena en silencio sin pedir permiso.
El pacto que invita a Irán
Antes del uranio y de la flota hay un papel, y una lista de invitados. El argumento de Zulfiqar empieza por un acuerdo de defensa que, según él, se cerró en La Meca.
La conversación que sigue esta lectura pertenece a un género que prospera allí donde el poder estadounidense se discute desde fuera de Washington: la autopsia practicada por adelantado. Su voz central es Zulfiqar, a quien acompaña la analista Parveen Sawhney, y ninguno de los dos finge neutralidad. Dan por sentado que la política de EE. UU. en la región está fracasando y que las potencias regionales ya actúan sobre ese fracaso, y todo lo que dicen se ofrece en ese espíritu. Esta publicación no adopta su premisa; sí sostiene que un argumento que circula con tanta amplitud merece ser expuesto con limpieza y comprobado con cuidado.
El fundamento de Zulfiqar es un papel. En su versión, Arabia Saudí y Pakistán han cerrado un acuerdo de defensa en La Meca, y el círculo se está ensanchando: Baréin discute su adhesión, e Irán —el Estado que la arquitectura de seguridad del Golfo estuvo décadas diseñada para contener— ha sido invitado a entrar. De ser cierto, invierte la geometría de la región; durante medio siglo sus alineamientos pasaron por Washington, y he aquí un alineamiento que no pasa. Él es consciente de cómo suena, y lo dice de todos modos.
¿Por qué existiría semejante pacto ahora? Porque el garante ha perdido credibilidad, responde Zulfiqar: Estados Unidos todavía puede castigar, en su opinión, pero ya no puede tranquilizar, así que la región está redactando su propia póliza de seguros, y la invitación a Teherán es la cláusula que en otro tiempo habría sido impensable. Una premisa tan amplia necesita corroboración, y él cree tenerla; lo primero a lo que echa mano es a una cifra.
Noventa, o sesenta
La afirmación más alarmante de Zulfiqar es una única cifra sobre el uranio de Irán. Los inspectores que cuentan ese uranio publican otra distinta.
A los cinco minutos, Zulfiqar suelta la frase más alarmante de la entrevista: Irán, dice, ha elevado su enriquecimiento de uranio al noventa por ciento. No lo presenta como una filtración, sino como un mensaje: la respuesta calculada de Teherán a años de sanciones, una escalada hecha para ser vista. En su lectura, un Estado acorralado está mostrando a Washington exactamente hasta dónde puede llegar.
Las personas cuyo oficio es contar el uranio de Irán publican otra cifra. El informe trimestral del OIEA, según lo desglosa el Institute for Science and International Security, registró 164,7 kilogramos de uranio enriquecido al sesenta por ciento a mediados de agosto de 2024; en noviembre, el recuento de la Arms Control Association marcaba 182 kilogramos al sesenta por ciento, junto a 840 al veinte y unos 2.600 al cinco. El noventa por ciento, el nivel que los inspectores llaman de grado militar, no figura en ningún registro que esta publicación haya podido consultar. La afirmación más alarmante de la entrevista es, a la vista de lo que consta, falsa.
La maquinaria detrás del porcentaje es real y enorme. El OIEA cuenta unas 10.600 centrifugadoras avanzadas instaladas en Natanz y Fordow, con una capacidad total de enriquecimiento cercana a las 48.800 unidades de trabajo separativo al año, y estima que solo Fordow podría rendir treinta y siete kilogramos de material al sesenta por ciento al mes una vez concluidas las ampliaciones previstas. La inteligencia estadounidense, por su parte, estima que Irán no está fabricando un arma en este momento, sino únicamente mejorando su posición para fabricarla si así lo decide, mientras que Kamal Kharrazi, asesor del Líder Supremo, ha dicho que Irán modificaría su doctrina nuclear «si surge una amenaza existencial». Nada de esto es noventa por ciento; todo ello corre en la dirección que describe Zulfiqar.
Hay otra anotación en el libro que juega a su favor. Irán ha retirado la designación de inspectores experimentados y ha dejado a oscuras los equipos de vigilancia, y el OIEA afirma que «ha perdido la continuidad de conocimiento» sobre la producción de centrifugadoras y materiales clave; el jefe del organismo atómico iraní, Mohammad Eslami, responde que «la posición de Irán sobre este asunto no ha cambiado y seguirá siendo la misma». El mundo discute sobre unas reservas que ya no puede vigilar por completo, y la niebla es el lugar donde se crían cifras como el noventa por ciento. Del uranio, la conversación pasa, como acaban pasando las discusiones del Golfo, a los barcos.
Una flota entre puertos
Baréin alberga el mando naval estadounidense para el Golfo, y en el relato de Zulfiqar también está sopesando un pacto construido por otros. Él dice que la flota ya ha notado cómo se inclina la sala.
La afirmación sobre la flota llega a los tres minutos y cuarenta y cinco segundos, casi de pasada, y parafrasearla aplanaría lo que tiene de interesante. Aquí está tal como la dijo:
La Quinta Flota está ahora mismo en Islamabad, manteniendo conversaciones con el segundo al mando sobre la incorporación de Baréin al acuerdo de defensa entre Arabia Saudí y Pakistán.
Léala dos veces. Los barcos no pueden llegar a Islamabad, que queda lejos de cualquier mar, así que los viajeros han de ser oficiales: el mando de la flota, en su versión, hace trabajo político en la capital de Pakistán mientras la dirigencia de Baréin discute sumarse al pacto saudí-pakistaní. Ningún documento consultado para esta lectura confirma traslado alguno del cuartel general de la flota, y la entrevista no aporta ninguno. Pero el argumento de fondo de Zulfiqar no es náutico: un cuartel general en el extranjero es un arrendamiento, y los inquilinos vigilan a sus caseros.
Nada en su relato exige que se mueva un solo casco. La afirmación va de alineamientos: el Estado que acoge la flota estadounidense del Golfo sopesando una estructura que Estados Unidos no diseñó, en compañía de un Estado al que Estados Unidos sanciona. Los derechos de base son un consentimiento que se renueva año tras año, y lo que él sugiere es que ese consentimiento se está renegociando en silencio. Lo que cambió a los anfitriones, en su relato, no fue una batalla, sino un libro de cuentas.
La factura de la máxima presión
Su economía arrastra su política: las sanciones enseñaron a la región a vivir sin el dólar, sostiene, y el maestro se está quedando sin crédito.
La economía llega con su propio reparto. Donald Trump es nombrado como el arquitecto de la campaña de máxima presión contra Irán, y Scott Bessent como defensor de la presión económica como herramienta geopolítica contra ella; las posiciones declaradas de JD Vance sobre la política exterior estadounidense se citan por el camino. En la lectura de Zulfiqar, estos hombres construyeron un arma que dispara en las dos direcciones. Sanciona a un país y le enseñas el punto de estrangulamiento; sanciona a suficientes países y habrás anunciado el desvío.
El desvío, dice, ya está en uso: Estados de la región que saldan cada vez más de su comercio en monedas locales, recortando la necesidad estructural de dólares del mundo. Aquí es donde el argumento alcanza la palabra que toda la entrevista ha estado rondando.
A los veintiocho minutos, apoya la idea con dos cifras redondas: una deuda nacional, dice, por encima de los cuarenta billones de dólares, y un presupuesto anual de defensa por encima del billón. No cita fuente para ninguna de las dos, y los documentos consultados para esta lectura no tratan ninguna, así que ambas viajan aquí como cifras suyas, no de esta publicación. La precisión le importa menos que la forma: un garante cuyas obligaciones, en su opinión, han crecido más que la credibilidad que antaño hacía que valiera la pena alojar su protección.
Ponga la economía junto al pacto y la flota, y la tesis de la entrevista queda completa: la seguridad, las bases y la liquidación de pagos deslizándose a la vez fuera del sistema estadounidense, cada deslizamiento confirmando a los demás. Si el viejo orden está quedando vacante, alguien tiene que proponer algo para ese espacio. Sawhney pone nombre a la propuesta.
Cómo sería la seguridad colectiva
Sawhney enuncia el final de partida de un tirón: fuera las fuerzas estadounidenses, dentro un marco regional. Las fuentes públicas insinúan cómo quiere Teherán llegar hasta ahí.
El nombre llega hacia los siete minutos y medio, y viene de Sawhney. Es la tesis de la entrevista en una sola frase.
El objetivo de Irán es sacar a las fuerzas estadounidenses de Asia Occidental y sustituirlas por un marco regional basado en la seguridad colectiva.
La seguridad colectiva es una frase vieja con pedigrí idealista: un barrio donde la seguridad de todos la garantizan todos y no hace falta casero externo. Viniendo de una conversación sobre Irán, encierra una ironía puntiaguda, porque el expediente de Teherán en el OIEA rara vez ha sido más grueso. La Junta de Gobernadores del organismo censuró a Irán en junio de 2024 y otra vez en noviembre, y el Consejo de Seguridad cerró el año revisando el expediente nuclear al amparo de la resolución 2231, con un intercambio de golpes directos entre Irán e Israel de fondo. El Estado que la entrevista presenta como futuro garante de la región es, en el registro formal, la principal preocupación de la región en materia de proliferación.
Teherán, por su parte, habla con dos voces a la vez. El presidente Masoud Pezeshkian dice que «si los compromisos del JCPOA se cumplen en su totalidad y de buena fe, puede seguir el diálogo sobre otras cuestiones», e Irán ha dejado caer una posible detención de la producción al sesenta por ciento, una oferta que Francia, Alemania y Reino Unido descartaron por insuficiente, exigiendo en su lugar la eliminación de las existencias acumuladas. Un Estado que está fraguando una ruptura no suele molestarse en ofrecer concesiones parciales; un Estado que se cubre, sí. Lo que consta se lee menos como el cambio de guardia que describe Zulfiqar que como una región que mantiene dos puertas abiertas a la vez.
Lo que venga a continuación hay que leerlo con diales, no con veredictos. El primer dial es el pacto: si el acuerdo de La Meca adquiere texto, fecha y signatarios, o si sigue siendo una premisa transportada por entrevistas como esta. El segundo es las reservas: si la detención de la producción al sesenta por ciento que se ha dejado caer llega a producirse mientras las ampliaciones de Fordow esperan. El tercero es las cámaras: si el OIEA recupera la continuidad de conocimiento que dice haber perdido, porque unas reservas que nadie vigila son un rumor con masa.
El noventa por ciento de Zulfiqar era falso. La oscuridad que lo hacía sonar verosímil sigue encendida.