Lawrence Wilkerson no leyó sobre el poder estadounidense; él lo administró. Como coronel retirado del Ejército, fue jefe de gabinete del Secretario de Estado y ha pasado los últimos años como uno de los críticos internos más implacables de Washington. Su veredicto, expuesto a fondo ante Glenn Diesen, es contundente: Estados Unidos y Europa están fracasando, y es un fracaso elegido a conciencia. Según su relato, la alianza se mantiene unida mediante la compra de voluntades: editores de periódicos, líderes sindicales, parlamentarios y hasta dos secretarios generales de la OTAN. La guerra de Corea que nunca concluyó se convirtió en la plantilla de todo lo posterior. Un Estado de seguridad baraja ahora opciones nucleares contra Irán mientras la nueva fábrica de proyectiles del Ejército no logra producir nada. Bajo todo ello subyace una única acusación: el poder se desplaza al este y Washington se niega a acompañar el movimiento.
El caso del coronel contra la hegemonía
Un hombre que gestionó el poder estadounidense desde dentro describe ahora esa estructura como una ideología incapaz de adaptarse. Su relato comienza con una alianza que él califica de creación muy extraña.
Wilkerson no es un crítico que observa desde fuera de la cerca. Es un coronel retirado que ocupó la jefatura de gabinete en el Departamento de Estado; habla con la soltura de quien leyó los cables confidenciales que hoy condena. Lo que aporta a la conversación no es un ensayo académico, sino una visión del mundo que conviene exponer en su totalidad antes de juzgar sus partes.
La visión es esta: Estados Unidos y Europa fracasan, y ese fracaso no es algo impuesto, sino elegido. Persiguen una hegemonía ideológica —la insistencia de que su orden debe regir el planeta— justo en el momento en que el poder se traslada a China y otras naciones emergentes. La adaptación es posible; el rechazo es la política oficial. Europa, en su relato, es la más rígida de ambos, recitando el catecismo mientras sus industrias se agotan y sus alianzas se deshilachan.
Para explicar cómo se construyó la trampa, se remonta al origen: 1950, la guerra en Corea y una alianza que nunca fue lo que decía ser.
La creación extraña y la guerra olvidada
Su historia empieza en 1950: una guerra que nunca terminó formalmente, miles de millones de dólares cruzando el Atlántico y una clase política que, según afirma, fue comprada.
La alianza fue primero, y el dinero llegó después. Washington desvió miles de millones de dólares (billions) a la OTAN a principios de los años cincuenta; Corea se convirtió en la guerra olvidada, una economía de cuatro teatros, desatendida mientras Europa se rearmaba. La frase es precisa: Corea es la plantilla, el compromiso del que todos dejaron de llevar la cuenta.
La OTAN es una creación muy extraña, si observas nuestra historia.
Los arquitectos de esa permanencia fueron los hermanos Dulles: John Foster en el Departamento de Estado y Allen en la CIA. El método fue la compra. La clase política de la alianza no fue persuadida; fue adquirida.
Compramos editores de periódicos, compramos líderes sindicales, compramos parlamentarios, compramos a dos Secretarios Generales.
El señalamiento es absoluto y establece el eje de todo lo siguiente: un imperio mantenido por la adquisición más que por la persuasión. Ese eje apunta directamente hacia Asia.
Dónde se adiestró a los perros
Corea del Norte, Japón, el Ártico: los mismos instructores, la misma rigidez y un nuevo mapa trazado sin Washington.
En el este de Asia, sostiene, la misma rigidez gobierna la política hacia Corea del Norte. Washington se niega a negociar con Pyongyang bajo términos que no sean los propios, y esa negativa ha deformado sus alianzas con Japón y Corea del Sur. Ambos países están atrapados en una confrontación que sus propios intereses podrían suavizar. Los ladridos de las capitales aliadas, asegura, no surgieron de forma natural.
Quienes adiestraron a los perros y provocaron los ladridos fueron los Estados Unidos, particularmente la CIA.
El estrangulamiento que describe en la región es tanto económico como militar. Según su cálculo, Japón enfrenta ahora aranceles del 15 por ciento o más en casi todo lo que exporta a China. En términos llanos, al aliado asiático más cercano de Estados Unidos se le está expulsando de su mayor mercado. Él lo trata como prueba de que las confrontaciones de Washington las terminan pagando sus amigos.
El Ártico es donde él observa el nuevo mapa trazado sin Washington. El cincuenta y tres por ciento de la línea costera que bordea Rusia, señala, será desarrollado por un consorcio chino-ruso para el tránsito. Lo llamó el Paso del Noroeste, aunque la geografía que describe es la rusa. Más allá de la cifra, la dirección del viaje es su punto central: las dos potencias a las que Washington enfrenta están cooperando precisamente donde el mapa se ablanda. Y el comercio no es el riesgo más grave que menciona.
El Estado de seguridad y la bomba
El aparato que sobrevive a las elecciones, a los tuits de una congresista y al recuerdo de dos ciudades: su argumento de que se está barajando lo impensable.
Bajo las políticas, identifica una estructura: lo que denomina el Estado de seguridad. Su lectura coincide con el libro de Philip Knightley sobre las agencias de inteligencia que se apoderan del mundo. El aparato ya no sirve a la política, sostiene; cada vez más, el aparato es la política.
El señalamiento más grave de la entrevista concierne a Irán. Señaló tuits de la congresista por Georgia, Marjorie Taylor Greene, sobre personas en la administración actual discutiendo el uso de armas nucleares contra Irán. Sus publicaciones son todo el rastro existente, y él transmite la afirmación como un hecho que merece ser sopesado. Por qué un coronel retirado amplificaría esto se entiende por lo que mencionó después.
Nagasaki e Hiroshima son la única experiencia real que tenemos del uso de armas nucleares contra otros seres humanos.
Ese es el peso que pone en el otro lado de la balanza: un arma usada dos veces, por el país al que sirvió, contra ciudades. Un Estado de seguridad que puede discutir usarla de nuevo es, para él, la medida más precisa de la negativa a adaptarse. La última medida es industrial.
La fábrica de proyectiles y el mapa en movimiento
Su última prueba es industrial: una planta insignia de proyectiles que no logra producir. Lo que confirmaría o rompería su tesis es sencillo de enlistar.
La prueba a la que recurre al final es la más clara: Estados Unidos no puede fabricar suficientes proyectiles. Un contrato de 533 millones de dólares para estructuras robóticas en la instalación de proyectiles de obús de 155 milímetros está fallando, explica; es la inversión insignia de un rearme que solo existe en los discursos.
En torno a esa fábrica fallida se asienta la alianza que describió al principio. Jens Stoltenberg y Mark Rutte, los dos últimos secretarios generales de la OTAN, aparecen en su relato menos como líderes de una asociación que como encargados de una adquisición. Europa rearmándose bajo los términos de Washington, Japón apretado entre su patrocinador y su mercado, Seúl atrapado en una confrontación que no eligió: cada caso es la misma factura, solo cambia la partida.
Lo que queda pendiente es todo aquello que probaría o invalidaría su tesis. Observe los informes de auditoría de la fábrica de proyectiles. Observe si el consorcio ártico que predice llega a anunciarse. Observe, sobre todo, el expediente de Irán, donde él ha dejado una marca clara: si las conversaciones que reporta se convierten en una orden de ataque, su acusación dejará de ser retórica. El desplazamiento de poder que describe no esperará a que Washington se decida. En eso, el mapa ya le da la razón.